lunes, 30 de marzo de 2015

EL GRANO DE TRIGO


Un grano de trigo y una piedra del mismo tamaño parecerían ser dos cosas iguales. Jesús, como buen campesino de Galilea los  sabía distinguir bien. Y, cuando nos habló del grano de trigo como modelo del fruto que sus seguidores debían de dar, nos estaba dando una lección profunda de vida.
El grano de trigo necesita dos cosas para dar como fruto en una planta con espigas, cada una de las cuales multiplicará por cincuenta o por cien al grano.
El  trabajo duro del ser humano que, inclinado sobre el suelo, lo siembra abriendo la tierra y depositándolo en el tiempo oportuno para que las lluvias lleguen a él.
La bendición de Dios que, genéticamente hablando, coloque en su interior ese germen de  vida como dormido, que espera las condiciones necesarias para fructificar.
Con esos sencillos elementos Jesús nos enseñó el secreto para que la obra de solidaridad, de enseñanza, de compromiso cristiano dé fruto y fruto abundante.
Comencemos en lo que  nos toca a todos (hombres o mujeres, adultos o pequeños). Figurémonos, por ejemplo, en  el trabajo de solidaridad que vamos a hacer. Tenemos  que fijarlo, ver si lo sabemos hacer y si tenemos fuerzas individuales o en grupo. Luego, hemos de comprometernos en  serio para realizarlo con constancia, con ánimo, con alegría.
Todo eso es necesario, pero no basta. Por ser hombre o mujer de FE,  el cristiano confía en Dios. Está unido a Él por la oración que da Vida  de modo que cuanto más cerca esté  de Dios, el resultado de su acción será mayor. Un ejemplo de todo esto lo tenemos en las maravillas de las vidas de los santos.
Las dos cosas son necesarias. Y cuidado con el engaño de los que diciendo tener mucha Fe, se quedan en puro espiritualismo y nunca en  nada se comprometen. Al no colaborar humanamente  con Dios, son estériles.

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