viernes, 13 de febrero de 2015

EL CONTACTO CON LOS EXCLUIDOS




Ni como ser humano ni como cristiano admito que se excluya a alguien por el motivo que sea. Y la única exclusión que admito es que alguien al que se ha probado ciertamente un delito, se le prive, en un tiempo proporcional al hecho cometido, de su libertad para que en ese tiempo se le ayude a cambiar y que al salir se pueda integrar de  nuevo en la sociedad sin ninguna discriminación.
Reconozco que nada de eso se cumple. Pero me reafirmo en  mi pensamiento por motivaciones humanas y religiosas.
Desgraciadamente vivimos en un tiempo de grandes exclusiones por motivos pequeños.
Excluimos a “los mal formados” cuando millones de personas  se dedican a endiosar  a sus  cuerpos. Excluimos  los más pobres por sólo su aspecto exterior.  El sólo decir en Asunción que es de un bañado discrimina y no le dan trabajo. Hay personas que ya están definitivamente marcadas, por ejemplo  los consumidores de droga. Y esta discriminación se hace de modo automático con el aditivo de ser criminalizados, aunque no hayan hecho nada contra nadie.
Para todo esto se aduce también el concepto de “seguridad ciudadana” que desconfía de toda persona  que es diferente y por eso  mismo  llevar una conducta contraria y que, por cierto, sacraliza  a un grupo que tiene dinero y poder.
En tiempos  de Jesús los grandes discriminados eran los llamados “leprosos”, con la agravante que no todos lo designados así  lo eran.
Tenían que vivir apartados y solitarios y avisando a gritos cuando caminaban que eran “impuros”. No podían acercarse a las fuentes para beber. Dejaban lejos su recipiente y pedían a gritos agua. Algunas personas buenas les darían agua derramándola sin tocarlo.
Jesús rompió esta discriminación.  Un caso concreto: se  acercó un leproso y le dijo “Si quieres puedes  limpiarme”. Jesús lo tocó. Y quedó curado.
Nosotros, ¿todavía discriminamos a alguien?

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