martes, 13 de mayo de 2014

MADRE SOLAMENTE HAY UNA




La palabra madre la aplicamos a tres realidades muy queridas.
Religiosamente a la madre de Jesús, María de Nazaret. Nacionalmente a este trozo de tierra paraguaya en la que nacimos con su historia y su cultura. Humanamente a esa mujer que nos  trajo a la vida.
En esta semana estamos celebrando las fiestas de las dos  últimas. Y, hoy, quiero insistir en la madre que nos trajo a la vida.
Nuestra madre, nuestra mamá, es una de las maravillas de la creación.
A ella  le costamos nueve meses de dolores. Luego, le dimos la alegría de vernos por  vez primera y tenernos en sus brazos.
Y, de allí en adelante tuvimos con ella una vida en dos etapas.
La primera dura 18 o 20 años. Es la vida en casa, bajo su cuidado. El amor de una madre es infinito y admirable si se quiere explicar. Y en las circunstancias de pobreza como lo veo de cerca en las madres de los campesinos y  en asentamientos y bañados, es inenarrable.
Luego, viene la segunda etapa. El hijo/a se fue y construyó su vida aparte. Alegría en cada conquista de su hijo. Dolor cuando choca con la realidad y ella no puede remediarlo. Y algo muy especial cuando los  sueños de esa madre, sueños buenos y de bondad se rompen porque el hijo/a elije un camino errado.
Y, al final, la soledad. Cuando  la madre se queda sola, muchas veces los hijos pecamos de ingratos.
Leo lo escrito y siento que me he quedado corto y poco inspirado. Por eso, tal vez lo más valioso es lo que voy a escribir.
Mientras tengamos a  nuestra madre viviendo en la tierra, no la olvidemos nunca. Y, cerca o lejos en la distancia, hagámosle saber que la queremos. Algunos solamente lo hacen cuando se ha ido ya  al cielo. Y ya es demasiado tarde.


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